I Heal With The Sacred Power Plants

LAS AUREÓLAS DE LA LUZ VERDE DORADA DE CHRISTO

 

Edna de Jesús

 

MI ESPOSO y maestro Valentin había sido víctima de una energía sutil nega­tiva diri­gida contra él por un joven iniciado en el Shamanismo Surameri­cano. Pero, como dice el dicho, el “amigo”, queriendo volar antes de echar alas, empezó a pro­bar sus prácticas ni­grománticas (de brujería) en la persona que él había llamado “hermano de corazón”. Apro­vechando su estadía en nuestra casa había lanzado un Zen – Zak (flecha de energía nega­tiva) contra Valentin. Pasaban los días y Valentin se sentía in­dispuesta, muy malo y con poca ener­gía.

 

Gracias a Dios, por fin llegó el momento de organizar un ritual con doce personas, algunos estudian­tes de las ciencias ancestrales en Quito, otros enfermos dentro de los que había una mu­jer de 60 años con un tumor en la cabeza (un meningeoma) a la que los médi­cos occidentales no podían ayu­dar.

 

Eran las cuatro de la tarde cuando empezaron a llegar los participantes. Comenzamos el arre­glo del altar, ordenar las flores, las frutas y el baño de hierbas medicinales para bañarnos el día si­guiente después del ritual.

 

Valentin daba los últimos toques al fuego sagrado y a la preparación del jugo de tabaco que tradicio­nalmente tomamos en los rituales. Los demás participantes se sentaban alrededor del fuego para dar inicio a la ceremonia, la primera parte del ritual, donde normalmente Valentin carga su her­mosa pipa “pico de águila”, traída desde el Perú por un iniciado. Bendecía las direcciones, soplaba el té de Gua­yusa y el jugo de tabaco que después daría a los participantes.

 

Yo me encontraba dentro de la casa con mis tres pequeños, Manuela, Alejandro y Emma­nuel – este último tenía apenas unos ocho meses de edad – y estaba convencida que no partici­paría en este ri­tual.

 

Como a las siete de la noche, cuando los ojos alcanzaban todavía a ver los colores azules-ro­sados en el aura del firmamento, sentí en mi interior una voz que me dijo: “Tienes que participar y tomar la medicina para ayudar a Valentin”.

 

Al escuchar esto me iba en silencio, tomé una ducha, me coloqué ropa blanca, dando ins­truc­ciones a Manuela para que duerma con los niños, y me dirigí a la ceremonia. Llegué en silen­cio y me senté al lado de Valentin, quien en ese momento escuchaba las canciones con los Nom­bres de Dios en hebreo. Me conecté con la vibración que estaba emitiendo el grupo al cantar es­tos nombres sa­grados y esperé los siguientes pasos que Valentin daría en el desarrollo del ritual. Valentin se levantó minu­tos después, cuando la cinta de la grabadora había terminado, empezó a cargar su pipa con ta­baco haciendo las siete oraciones que tradicionalmente se hacen antes de bendecir el altar, pedir las ben­diciones y protecciones, para tomar finalmente la medicina, en este caso el abuelito San Pedro.

 

Habíamos tomado la medicina aproximadamente a las 11 de la noche, no sin antes PRE-puri­ficarnos con la ingestión del jugo del tabaco y el té de Guayusa, con lo que sentíamos una especie de altera­ción del cuerpo físico, mental y demás cuerpos sutiles.

 

Eran las dos de la mañana, cuando algunos de los participantes luchaban interiormente con sus pro­pios problemas psicológicos – de índole emocional afectiva: Unos vomitaban, otros respiraban acele­radamente y algunos salían del círculo sagrado (templo) alrededor del altar de fuego para cami­nar un poco en el patio y respirar aire fresco. Cuando una de las estudiantes no podía parar de vomi­tar, Va­lentin la hizo sentar frente al altar, la soplaba con una medicina que llamamos “Seguro” (un extracto alcohólico de hierbas fragantes), la limpiaba aventándola aire con las hojas de una planta shamánica denominada Guayra China Panga (también Suro Panga), utili­zada tradicionalmente por los indígenas del oriente y sur del Ecuador).

 

Estaba sentada a un lado del altar, cuando el abuelito San Pedro me hizo cantar los Ícaros (cánticos shamánicos) de las medicinas, especialmente de la abuela Ayahuasca. Seguía en mi éxta­sis, can­tando, cantando, cantando. Valentin soplaba a la participante, y es así, con la combina­ción de las vibraciones de los Ícaros, la soplada con el “Seguro” y la acción mística de la Guayra China Panga se lograba normalizar el estado de la paciente.

 

Yo seguía cantando los Nombres Sagrados en hebreo – Kodoish, Kodoish, Kodoish Ado­noy Zeba­yoth (Santo, Santo, Santo es el Señor de los Ejércitos Celestiales), estaba en otra di­mensión, viendo y sintiendo la celestialidad angelical que irradiaba del cielo. Todo para mi era azul, todos me daban un lenguaje de amor y luz. Estaba feliz al sentir en mi corazón la conexión con la Divinidad, con “Dios Padre y Madre”, y pedía en voz alta bendiciones, bendiciones y bendi­ciones para todos los que está­bamos reunidos aquí.

 

Con este grito de súplica la mayoría de los participantes se levantaron de sus respectivos puestos para irse corriendo a vomitar a los diferentes lugares del patio y jardín. De repente sentí que algo co­menzaba a moverse en mi plexo solar – era como una punzada dolorosa, que trataba de arrancar algo. Me mareé y me hizo salir al patio para vomitar. Estando en posición inclinada hacia delante e introduciéndome los dedos en la boca para ayudarme a sacar la cosa que origi­naba mi ma­reo, escu­ché de pronto una armoniosa voz etérea desde lo alto de la parte exterior del patio: “OOOM – OOOM – OOOM”. Levantando la cabeza seguía escuchando esta voz que iba gradualmente extin­guiéndose en las profundidades del silencio de esa maravillosa noche, donde la luna y las estrellas eran nues­tros testigos y compañeros.

 

Sentía un poco de temor porque no podía explicarme el origen de la voz, si era real o solo el producto ilusorio de mi imaginación. Pregunté a los demás: “¡¿Escucharon la voz del OOOOM, OOOM, OOOM...?!” Lucila, una de las participantes más dinámicas, amorosa y lúcida dijo: “¡Si, si!” al igual que otros compañeros.

 

Me senté al lado del altar, observando que Valentin no estaba en su sitio. Estaba al frente de su pro­pio lugar de costumbre tomando algo de “Seguro”, cuando al instante escuchábamos de re­pente por segunda vez esta voz viniendo de los éteres. “OOOM, OOOM, OOOM...”; era una voz pro­veniente de los altos cielos que nos curaba a todos.

 

Cuando pregunté a Valentin: “¿Cómo te sientes?”, respondió él: “mas o menos”. Le invité a sentarse en su sitio de siempre, y yo a su derecha le dije: “No sé que debo hacer, esperemos”. Al terminar de decir estas palabras, en cuestión de pocos segundos, me sentí inspirada a dirigir mi mi­rada hacia arriba, al cielo. Era una noche linda de un inmenso cielo azul, salpicado por el brillo de las estrellas y una brisa primaveral suave y refrescante. Ahí visualicé la cruz de Cristo envuelto en una luz verde y en medio de la misma estaba Él, pero no crucificado sino bajando de la cruz e irradiando una luz ma­ravillosa de color verde esmeralda desde su mano derecha. Percibí que esta luz iba a cu­rarnos.

 

Al finalizar esta bella visión, me levanté como impulsada por una poderosa energía venida de lo invi­sible, tomé incienso en mis manos, me dirigí al fuego sagrado, que estaba en medio de nuestro cír­culo de participantes frente al altar. Ofrecí el incienso al fuego y posé mi mano derecha al humo que comenzaba a emanar del mismo. De esta manera me la purifiqué y protegí al mismo tiempo. Luego me dirigí a Valentin, le levanté toda la ropa que cubría su plexo solar al que comen­zaba a ma­sajear en forma espiral con un cuarzo de amatista. Sentía en estos momentos que una poderosa luz venida del cielo estaba guiándome. Al mismo tiempo hacía invocaciones a los Án­geles del fuego vio­leta (San Zadquiel Arcángel) y a Miguel Arcángel del Fuego azul. Recuerdo bien que mis palabras de un parti­cular poder curativo eran:

 

“Con la fuerza, fe y humildad de Miguel,

Así como tú venciste al dragón,

Ayúdanos en esta curación”

 

Hablándole a la negatividad enviada al cuerpo de Valentin decía reiteradamente:

 

“Tu no tienes poder”

 

Invocaba en nombre de la divina presencia “Yo soy” a los Ángeles, pidiendo a Lucila que invo­cara junto conmigo con mucha fe, humildad y dulzura en el corazón:

 

¡Ángeles del fuego violeta, ángeles del fuego violeta, ángeles del fuego violeta!

 

¡Vengan, vengan, vengan!

¡Envuelvan, envuelvan, envuelvan!

¡Enciendan, enciendan, enciendan!

¡Disuelvan, disuelvan, disuelvan!

¡En el fuego violeta transmutador esta situación!

¡Llévenla al Sol Central!

Para que sea transmutada,

Para que sea transmutada,

Para que sea transmutada,

Y sea devuelta en energía de luz, salud y amor.

 

Valentin estaba medio acostado, empezaba a tener eructos y muestras de vómitos. Todos es­perábamos que por su boca saliera un fuerte chorro de flemas, pero no fue así, porque - ¡Todo se había transmutado!

 

Pasada esta curación, Valentin estaba sereno, dando gracias a Dios y a todas las fuerzas es­pirituales de luz involucradas en su curación. Yo misma lo veía envuelto en una luz violeta.

 

Seguía con mi canto. Ya al amanecer, cuando se empezaba a escuchar el canto de los pája­ros y el paso de las golondrinas por encima de nuestras cabezas en confirmación de las ben­diciones recibidas, la mujer de 60 años con el tumor en la cabeza rompía su mutismo y expresaba conster­nada y estupefacta: “¿Estoy curada, gracias Padre celestial, ya estoy curada!”

 

Todos nos cogimos de las manos, sintiendo el latir de nuestros corazones y dando gracias a la vida por tantas bendiciones.

 

De pronto se me lanzaba Lucila, y abrazándome me dijo: “¡¿Que fue lo que pasó, este sitio está lleno de ángeles, he visto todo - Edna, que va a pasar ahora?!”

 

“¡Tú lo sabes!”, respondí, “no sé, solo Dios lo sabe”.

 

Empecé a llorar, porque había una hermana que no se abrió a la luz, no se abrió a las bendi­ciones. Era una mujer rusa de 45 años, que sufría de graves depresiones, a la que no habían podido curar los médicos, no daban con la enfermedad que padecía. Yo sentía que no tenía fe. Aún así me puse a orar para ella, oraba y lloraba, pidiendo al Padre, a Jesucristo y a Mi­guel Arcángel que le ayu­daran. Me paré frente a ella, y poniendo sus manos en las mías sentí que recibía una fuerte energía en mi chakra de la coronilla que fluía a través de mis brazos hacia su cuerpo. ¡Era divinamente mara­villosa la presencia misma del Arcángel Miguel! , que me transmitía una fuerza extraordinaria de fe hacia esta participante. Acto seguido cogí con mi mano derecha el cuarzo amatista y levantando mi mirada hacia el cielo pedí en silencio amorosamente y suplicante que se cargara con la energía cós­mica. Cuando coloqué el cuarzo en el chakra de la coronilla de la mujer, ella, al sentir el contacto, se estremeció, cobraba visiblemente vida y aliento y reanimán­dose comenzaba a reír tímidamente. Es así, como esta hermana, quien en la noche anterior había llegada casi sin vida, tuvo energía no solo para bañarse con las hierbas medicinales, sino también para hablar de sus gustos de vestirse.

 

En esta noche todos fuimos tocados por la luz verde dorado del Cristo bajando de la cruz, y Lucila sonreía feliz con su corazón amoroso y radiante de luz.

 


ednamikael ednamikael
46-50
Aug 2, 2010